Y así, un infinito saco de subjetividades que nunca lograremos convertir en objetividad.

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Nunca nunca me cansaré de decir lo mismo.
Cada uno tiene una realidad, cada uno tiene un propio camino. Distintas circunstancias y rasgos de personalidad.
No compares tus objetivos con el de al lado. No compares la velocidad ni intensidad de la ruta que estás viviendo con nadie pues es sólo tuya. Deja a un lado la edad, deja a un lado los cánones sociales, deja a un lado lo que se considera normal.
Eres una persona auténtica que juega con la ventaja de ser tú mismo, nadie puede competir con eso.

¿En qué momento nos convertimos en ovejas? En un rebaño donde todos seguimos los mismos pasos y llevamos la misma vida. El mismo orden, estudia, encuentra trabajo, ten pareja, cásate, ten hijos, ni muy pronto ni muy tarde, haz esto, haz lo otro.. ¿por qué? ¿Por qué eso es lo normal? ¿Y qué es normal? Que sea lo habitual no es que sea normal, ni que esté bien, ni que esté mal.

Cada uno debe tener unas aspiraciones, unos deseos, deseos diferentes al de al lado, deseos que se derivan de tu personalidad, de un conjunto de circunstancias, cada uno debería querer vivir la vida a su manera, hacer las cosas de forma fiel a su personalidad. No encerrarte en lo que le funciona al de al lado, sino labrar tu propio sendero. Y si no sabes de lo que te estoy hablando es porque posiblemente nunca te has sentado a pensar sobre ti, sobre lo qué quieres en la vida.

Hablando desde mi experiencia puede que no acabe la carrera a tiempo pero he vivido cosas que de no acabar a tiempo no habría vivido jamás. En su momento me agobiaban, me sentía fracasada por ir por detrás, por un motivo u otro ocurrió de esa forma. Ha llegado el día en el que agradezco cada momento que sufrí por entonces porque me han traído momentos el triple de buenos. He conocido a personas increíbles, me he conocido mejor, he aprendido sobre lo que quiero.

 Me repatea el estómago las opiniones con superioridad, las que van de que las cosas son de color blanco o negro y se olvidan de los grises. Las mentalidades cerradas me molestan hasta el punto de no querer entablar conversación.

Una persona que considera que sólo lo que él desea es lo correcto está profundamente ciega. No hay planes de vida buenos o malos, hay planes que no elegirías, hay planes en los que no encajarías por ser cómo eres, pero eso no te hace mejor o peor. Te hace ser tú. Respondes de forma sensata cuando sabiendo cómo eres eliges lo que a ti te hace feliz sin traicionar tu esencia.
Lo que tú consideras éxito no lo es para el de al lado. Y así, un infinito saco de subjetividades que nunca lograremos convertir en objetividad.

Con todo esto quiero decir que te despiertes de una vez, que la vida vuela y no te espera. Que vivas siendo fiel a ti y dejes vivir a los demás siendo fieles a sí mismos. Que por mucho que quieras encajar en lo ”normal” nunca te hará feliz pues antepones los deseos sociales a los tuyos propios.

Mantén tu realidad clara. Sé fiel a tus principios. Haz lo que a ti te haga feliz y hazlo de la forma que a ti más te guste.  Respeta al que tiene un camino distinto al tuyo. Y aprende de lo diferente, porque aunque no lo entiendas, ni lo compartas te terminará abriendo la mente.
Y el que abre la mente, siempre gana.

Levres Bordeaux. 

En un minuto puede cambiar todo.

No somos dueños de nuestro final. No sabemos nunca lo que ocurrirá mañana, si volveremos a reír, si volveremos a despertar o si llegaremos a dormir una noche más. Todo parece que va bien, los días van pasando, usamos relojes para ordenar nuestras vidas pero en verdad no valoramos el tiempo.

Tampoco sabemos valorar la calidad del tiempo. Conforme va pasando, ésta va disminuyendo, todo va envejeciéndose a pequeña escala: los músculos, los huesos, la vitalidad, los ojos, el pelo, la piel, las ganas… Las ganas también envejecen. La energía que tienes ahora será distinta de aquí a cinco años.

La libertad va estrechándose poco a poco: asumimos obligaciones, trabajamos, dejamos de tener tanto tiempo para nosotros mismos. Y luego, curiosamente cuando más tiempo y dinero tenemos menos fuerzas para disfrutar de la vida.

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Ayer me enteré de que en un minuto puede cambiar todo. Que puedes pasar de reírte en el sofá con tu familia viendo una peli un domingo por la tarde a que te digan que tienes un cáncer o que alguien a quien quieres tiene cáncer y te queda tiempo limitado. Da igual que sea mucho o poco, ya es limitado.

Cuando no valorabas que simplemente tenías tiempo ilimitado de primeras llega un día en el que tienes una fecha marcada. Surge algo que dificulta la calidad con la que respiras, hablas, ves, oyes o te mueves. Cosas que dabas muy por sentado porque llegaron gratis cuando naciste, que te han acompañado muchos años pero que en cuanto algo falla, la vida se derrumba y no dejas de preguntarte ”¿por qué yo?”

Por la misma razón que he escrito antes. Porque nunca sabemos lo que puede pasar el día de mañana.

Una vez que esta pequeña cosa falla me imagino que la única pregunta que me haría sería ”¿por qué no hiciste eso cuándo podías?”, y de ahí derivarían el resto con su propia modalidad ”¿por qué no bailaste más?”, ”¿por qué no quisiste mejor?”, ”¿por qué rechazaste tantas veces el salir cuando podías hacerlo?, ”¿por qué no te olvidaste un poco más de lo que tenías que hacer?”, ”¿por qué no distes más besos?”, ”¿por qué no probaste más cosas nuevas?, ”¿por qué no aprovechaste más tu tiempo libre?”, ”¿por qué no aprovechaste más en ver a tus amigos?”…

No podría dejar de formularme cada una de estas preguntas, ni siquiera puedo dejar de formulármelas ahora mismo.

Con esto quiero recordarme que los días están contados aunque no sepa cuál será el último. Que el tiempo con la gente que me quiere también es limitado. Que depende de mí aprovechar sacar partido a lo que tengo.

Que no depende de nadie más, que es deber de cada uno y que no esperemos a hacernos mayores para aprender a vivir, aprendamos día a día un poco más sobre esto. Que no llegue el día en el que en un minuto todo cambie y no pensemos más que todas esas preguntas sin siquiera poder reír de la misma manera.

”Sé tanto de ti que has perdido mi interés”

    He llegado a un punto en el que no sé para qué sirven las redes sociales. La definición más común sobre ellas es la de ”socializar’, estar en contacto con mucha gente pero vamos a ser sinceros. Voy a centrarme en una aplicación, Instagram, que es la que usamos los de mi edad y generaciones más cercanas a esta, edades desde los 13 años a casi los 30 y pico.

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¿Qué le pasa al mundo?

En el caso de los chicos, selfies, fotos en el espejo, alguna de cuerpo, caras seductoras, foto con su pandilla, de fiesta o con el coche.

En el caso de las chicas, perfiles con selfies, maquilladas, fotos de cuerpo, fotos de ropa, de marcas, fotos con comida.. Soy partidaria de que cada uno publique las cosas que le gusten pero también con esencia y marca propia. Veo fotos del estilo de numerosas influencers, gente que plagia el pelo, la pose, la ropa o la foto, personas que aparentan ser algo que en verdad no son.

 

Y ahí está la palabra que resume la aplicación Instagram:

‘La apariencia

Estamos alimentando la falta de personalidad a base de la construcción de perfiles que no nos pertenecen. Perfiles alejados de lo individual, donde buscamos crear un impacto al que nos ve porque si no fuera así, ¿por qué publicamos fotos? Si publicamos fotos o vídeos es porque queremos que nos vean. Queremos que nos den likes, queremos que la foto salga a la luz de alguna forma, no queremos la foto para nosotros. Queremos la foto para que el exterior la vea.

¿Cuántas veces has repetido la foto porque no te gustaba cómo salías? ¿Cuántas veces te has hecho una foto pensando en subirla? ¿Cuántas veces le has hecho foto a un plato de comida en un restaurante? ¿Por qué quieres causar un efecto a una persona que te ve a través de una pantalla?

 

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Te estás definiendo en una foto o en un perfil. Aunque pienses que no, una foto, un pie de foto da información sobre ti. Te estás limitando a una foto que encima no es tuya. Sales tú, sí, pero me atrevería a decir que no es tu foto más natural, sino que has cogido la foto en la que se te ve mejor o la que podría quedar mejor para Instagram.

 

¿Hablamos de las historias o instastories?¿Tan grave es el aburrimiento para estar pendiente de lo que hacemos todos? ¿Del 1 al 10 cuánto te importa la vida de la gente a la que sigues? Si cada uno de a los que siguen pudieran contarte lo que hacen por mensaje de texto lo que están haciendo, ¿les responderías?

”-Oye, tía, estoy de fiesta son las 3:00. Oye tía, sigo de fiesta, son las 4:30. Ya me vuelvo a casa, que son las 7:00. Me acabo de despertar, menuda resaca, 13:00. Vamos a comer lo que pille, te mando foto. 15:00. Peli y manta 17:00. Mi perro está durmiendo 17:30. Me voy de cervezas con mis amigas. Todos los quintos vacíos encima de la mesa, nos gusta mucho la cerveza. Me voy a hacer deporte, mis zapatillas molan mucho. Me siento orgullosa de haber hecho deporte, te lo cuento. A dormir, que menudo día llevo.”

Imaginaos que todas las personas a las que veis las historias os escribieran lo que hacen en todo momento. Los mandaríais a paseo a todos porque si no no tendríais vida propia. Sé que es una exageración pero la mayoría de personas ve todos los días las historias de la gente a la que sigue. Da me gusta a gente con la que ha hablado una vez en su vida o simplemente por compromiso. La frecuencia de entrar a Instagram es de una vez por hora menos cuando dormimos.

Hemos dejado de tener una red social para nosotros para pasar a tenerla para los demás. Para ser aprobados, para que vean la vida que tienes, cuánto sonríes, qué guapa vas siempre y todo lo bonito que puedas enseñar en tu escaparate. No hay defectos, sólo disimulo. Apariencia.

 

ESSENA O’NEIL – Modelo australiana que decidió borrar su cuenta y confesar que había vivido su adolescencia con depresión por culpa de las redes sociales.

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”La única cosa que me hizo sentir bien ese día fue sacarme esta foto. Qué deprimente. Tener un cuerpo definido no es todo de lo que somos capaces los seres humanos.”

No es que usar INSTAGRAM sea malo es que no sabemos cómo usarlo. El uso es el incorrecto.

Se está perdiendo el sentido de muchas cosas, ya no hay infancia sin tecnología, ya no se leen libros, ya no hay amor como el de antes, los primeros acercamientos son a través de las pantallas, las relaciones se acaban por Whatsapp, los estereotipos gobiernan la sociedad. Estamos cultivando generaciones inseguras, personalidades vacías.

Y todo esto me resulta repugnante.

Hace mes y medio no podría haber escrito sobre este tema porque estaba sumida en todo ese mundo. Estaba muy pendiente de lo que hacía la gente, publicaba fotos que me gustaban pero tampoco me sentía 100% yo. Me di cuenta de que había gente que me seguía y ni siquiera conocía, gente a la que veía las historias y con los que nunca cruzaría palabra. De repente, chas. Decidí salir de ahí y hacer limpieza.

No es mi tipo de entrada pero de vez en cuando me gusta hacer una crítica y quiero decir que esto no le sucede a todo el mundo, que hay perfiles auténticos, personas que saben manejar la aplicación y personas a las que les da igual la vida de los demás. Pero que siendo sincera y por triste que me parezca no es lo que pasa actualmente. Respeto cada opinión pero también necesitaba dar la mía.

Ana.

 

Un tiempo sin ser instantánea

La semana pasada me di cuenta de lo que había llegado a aborrecer Whatsapp. El tener que comunicarme con distintas personas a diferentes horas en un mismo día. Los tropecientos mensajes que llegaban de diferentes grupos, el doble tic azulado, las últimas conexiones. Mirar la pantalla pausadamente mientras lees “escribiendo…” como si fuera la espera en la consulta del dentista.

La adrenalina que podían sentir mis dedos a la hora de enterarme de algo por parte de una amiga, la pereza que podían sentir cuando tenía que responder algún mensaje que no me apetecía o la impotencia que podían sentir al leer un comentario de mal gusto. Todo se transmitía a través de mis pulgares. Con mayor o menor intensidad, eran los autores de mis pensamientos.

Pensamientos que quizá se moldeaban de una forma pero no llegaban igual al teclado, así sin más, en el momento de rabia y furia había enviado un mensaje del que no me sentía dueña. Traicionada por la típica tromba de palabras que surge en tu cabeza , que luchan por salir todas a la vez y que al final son seleccionadas por los 2 dichosos pulgares.  Carecía de sentido hablar, bueno, escribir a la vez. Y ahora que caigo, ¿por qué decimos “Hablar por Whatsapp“? Cuando se trata de cartas, de mensajes escritos… No usamos el verbo HABLAR, y si lo hacemos no es correcto. Aunque puede que a día de hoy queramos auto convencernos de que de verdad “hablamos” por ahí.

No tenía sentido tampoco que escribiéramos a la vez, si estuviera tomándome un café con una amiga y me contara su vida mientras yo le estoy contando la mía , comunicación habría bastante poca, por no decir nula, ya que no sería capaz de entender lo que dice. Se necesita un emisor que emita y un receptor que reciba, cada uno con su turno. 

Estaba el caso también de malinterpretar algunas palabras que habían sonado peor de lo que pretendían, cuanta menor longitud , más cortante, los puntos al final de la frase, los odiosos OK… Mensajes con los que nos sentimos identificados y que reconozco, algunos han sido escritos a propósito. Quizá no iban directamente a hacer daño, puede que fueran una forma de cerrar la conversación. De pasar del tema , de cansarte y decir, ya. Sin embargo, con la intención de atarle los pulgares al del otro lado de la pantalla, posiblemente provocáramos el efecto contrario. En vez de tirar un cubo de agua al fuego encendíamos la mecha. 

Entonces, todo hace Boom, estalla. Llegan mensajes por segundos, 5, 7, 12… Se sueltan cosas sin pensar, se hace daño, todo se engrandece por unas simples palabras. Desembocando en un final bueno con suerte, o en uno en el que se necesita 2 o 3 días para volver a entablar conversación. A eso reducimos la disputa. 

El caso es que en Whatsapp los finales no existen, siempre cada uno llevará colgado una cesta a la que podremos lanzarle palabras, emoticonos o fotos. Sin límite de capacidad ni de caducidad. Una cesta repleta de historias, tonterías, planes, imsomnios, enfados, reconciliaciones, cotilleos, dudas, deseos, secretos. Una cesta repleta de te quieros que nunca se han pronunciado, de besos que no se han dado, de perdones que no se han pedido. Una cesta infinita, una garantía de que aquellas personas siempre van a estar ahí , esperando para responder. 

Es un gran invento pero es triste a la vez. Cada vez perdemos más el sentido de lo que es ser realmente seres sociales. Los efectos que nos produce estar de cara a otra persona. El sonido de una voz, la absorción de contenido, la mejor formulación posible de estructuras gramaticales, el estallido de una carcajada, las pausas, los acentos. El arte de la ironía, del tonteo, de querer pillar al de en frente. Aquellas cosas que nos hacen únicos, que denotan que cada forma de expresarse es diferente. Si tuviera que hacer balance entre pros y contras, desde mi punto de vista , reuniría más contras. 

Por eso he decidido estar un tiempo sin ser instantánea. Unos días, unas semanas o unos meses, aún no lo sé. Llevo 8 días por ahora y la verdad es que estoy de lo más tranquila. Los días son más largos, las esperas más aprovechadas. No espero que nadie responda, ni tampoco me planteo escribirle a nadie.

  Cuando hay una “urgencia” siempre recibo una llamada, o quizá algún sms como cuando erámos treceañeros. El oír esa voz tan cercana avisándote de planes interesantes, que directamente te digan una hora y un lugar sin tener que pasar por los doscientos treinta y dos mensajes que se mandan por un grupo para ponernos de acuerdo. Da gusto encontrarte a un amigo de la infancia en un bar, sin saber que iba a estar ahí porque no te lo ha dicho o lo ha dicho por Whatsapp. Quedar con amigas tras un semana sin saber de ellas y que tengan muchas muchas cosas que contarte, con gestos e imitaciones incluidas saboreando el sabor de un buen café un domingo por la tarde. Expresiones, sonrisas, miradas que hacen tan valioso el momento. 

No es un adiós a Whatsapp definitivo , es una prueba, una desconexión temporal. Contaré cosas conforme pasen los días, a ver cómo va desarrollándose el experimento por así decirlo. Sin más que añadir, os animo a disfrutar 7 días sin tener Whatsapp y añadirle un poco de magia a vuestra rutina.