Un tiempo sin ser instantánea

La semana pasada me di cuenta de lo que había llegado a aborrecer Whatsapp. El tener que comunicarme con distintas personas a diferentes horas en un mismo día. Los tropecientos mensajes que llegaban de diferentes grupos, el doble tic azulado, las últimas conexiones. Mirar la pantalla pausadamente mientras lees “escribiendo…” como si fuera la espera en la consulta del dentista.

La adrenalina que podían sentir mis dedos a la hora de enterarme de algo por parte de una amiga, la pereza que podían sentir cuando tenía que responder algún mensaje que no me apetecía o la impotencia que podían sentir al leer un comentario de mal gusto. Todo se transmitía a través de mis pulgares. Con mayor o menor intensidad, eran los autores de mis pensamientos.

Pensamientos que quizá se moldeaban de una forma pero no llegaban igual al teclado, así sin más, en el momento de rabia y furia había enviado un mensaje del que no me sentía dueña. Traicionada por la típica tromba de palabras que surge en tu cabeza , que luchan por salir todas a la vez y que al final son seleccionadas por los 2 dichosos pulgares.  Carecía de sentido hablar, bueno, escribir a la vez. Y ahora que caigo, ¿por qué decimos “Hablar por Whatsapp“? Cuando se trata de cartas, de mensajes escritos… No usamos el verbo HABLAR, y si lo hacemos no es correcto. Aunque puede que a día de hoy queramos auto convencernos de que de verdad “hablamos” por ahí.

No tenía sentido tampoco que escribiéramos a la vez, si estuviera tomándome un café con una amiga y me contara su vida mientras yo le estoy contando la mía , comunicación habría bastante poca, por no decir nula, ya que no sería capaz de entender lo que dice. Se necesita un emisor que emita y un receptor que reciba, cada uno con su turno. 

Estaba el caso también de malinterpretar algunas palabras que habían sonado peor de lo que pretendían, cuanta menor longitud , más cortante, los puntos al final de la frase, los odiosos OK… Mensajes con los que nos sentimos identificados y que reconozco, algunos han sido escritos a propósito. Quizá no iban directamente a hacer daño, puede que fueran una forma de cerrar la conversación. De pasar del tema , de cansarte y decir, ya. Sin embargo, con la intención de atarle los pulgares al del otro lado de la pantalla, posiblemente provocáramos el efecto contrario. En vez de tirar un cubo de agua al fuego encendíamos la mecha. 

Entonces, todo hace Boom, estalla. Llegan mensajes por segundos, 5, 7, 12… Se sueltan cosas sin pensar, se hace daño, todo se engrandece por unas simples palabras. Desembocando en un final bueno con suerte, o en uno en el que se necesita 2 o 3 días para volver a entablar conversación. A eso reducimos la disputa. 

El caso es que en Whatsapp los finales no existen, siempre cada uno llevará colgado una cesta a la que podremos lanzarle palabras, emoticonos o fotos. Sin límite de capacidad ni de caducidad. Una cesta repleta de historias, tonterías, planes, imsomnios, enfados, reconciliaciones, cotilleos, dudas, deseos, secretos. Una cesta repleta de te quieros que nunca se han pronunciado, de besos que no se han dado, de perdones que no se han pedido. Una cesta infinita, una garantía de que aquellas personas siempre van a estar ahí , esperando para responder. 

Es un gran invento pero es triste a la vez. Cada vez perdemos más el sentido de lo que es ser realmente seres sociales. Los efectos que nos produce estar de cara a otra persona. El sonido de una voz, la absorción de contenido, la mejor formulación posible de estructuras gramaticales, el estallido de una carcajada, las pausas, los acentos. El arte de la ironía, del tonteo, de querer pillar al de en frente. Aquellas cosas que nos hacen únicos, que denotan que cada forma de expresarse es diferente. Si tuviera que hacer balance entre pros y contras, desde mi punto de vista , reuniría más contras. 

Por eso he decidido estar un tiempo sin ser instantánea. Unos días, unas semanas o unos meses, aún no lo sé. Llevo 8 días por ahora y la verdad es que estoy de lo más tranquila. Los días son más largos, las esperas más aprovechadas. No espero que nadie responda, ni tampoco me planteo escribirle a nadie.

  Cuando hay una “urgencia” siempre recibo una llamada, o quizá algún sms como cuando erámos treceañeros. El oír esa voz tan cercana avisándote de planes interesantes, que directamente te digan una hora y un lugar sin tener que pasar por los doscientos treinta y dos mensajes que se mandan por un grupo para ponernos de acuerdo. Da gusto encontrarte a un amigo de la infancia en un bar, sin saber que iba a estar ahí porque no te lo ha dicho o lo ha dicho por Whatsapp. Quedar con amigas tras un semana sin saber de ellas y que tengan muchas muchas cosas que contarte, con gestos e imitaciones incluidas saboreando el sabor de un buen café un domingo por la tarde. Expresiones, sonrisas, miradas que hacen tan valioso el momento. 

No es un adiós a Whatsapp definitivo , es una prueba, una desconexión temporal. Contaré cosas conforme pasen los días, a ver cómo va desarrollándose el experimento por así decirlo. Sin más que añadir, os animo a disfrutar 7 días sin tener Whatsapp y añadirle un poco de magia a vuestra rutina.

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